Cultura

El verano, la piscina, la crueldad

ESTEBAN ORDÓÑEZ

Le grité gorda y todos se rieron. Teníamos diez años y una piscina clavada en medio de un retal de césped. Decíamos césped, pero era grama. La grama era una confirmación de clase, una certificación de la mentira de nuestro paraíso. La grama se acaba secando, flaquea, se hace paja: nunca hubo un verde bruñido en aquel suelo, pero lo veíamos, lo venerábamos. 

Igualmente, los padres decían “urbanización” o “zonas comunes” con una voz que imitaba el tonito placentero de los pijos pero a la que se le notaba siempre un par de gotas de histeria. Veníamos de barrios obreros y la urbanización era solo una de esas reproducciones en serie de la burbuja, una ilusión de protección oficial ubicada, of course, junto a un barrio obrero. 

La piscina, la pista despintada de fútbol sala y tenis, la palmera rancia, la máquina de refrescos que funcionó tan poco tiempo; esas posesiones patéticas eran las teclas que pulsaban algunos de los mayores, la música con que nos inoculaban que estábamos por encima de otra gente. No se protegía ese patrimonio (el agua no se rompe) sino el derecho de acceso, la sensación de privilegio. Aprendimos, por ejemplo, que el gitano era un ser que se colaba. Si veíamos surgir del agua un par de adolescentes morenísimos, rápidos, ruidosos, resbaladizos como jureles, pensábamos: “Se han colado”. Y de la nada aparecía un mayor y les preguntaba de quién eran. Se inventó un sistema de pases que había que entregar al socorrista. Seis tarjetitas por familia, plastificadas, cutres. El placer de estar acreditados… parecía para muchos que, de pronto, el césped podía medirse en hectáreas.

Una niña, T., era una de las personas en que mejor calaba aquella filosofía de jet set con el mono manchado de grasa. Había adquirido destrezas de desprecio, caídas de ojos secas como registros policiales, formas de chistar; sabía manejar la información, traicionaba los secretos, inventaba, cuchicheaba, se ofendía. Notábamos esas cosas como una masa, no sabíamos cómo verbalizarlas; solo comprendíamos que algo no funcionaba en T. 

No recuerdo quién empezó a criticar su peso. Pero se fue instalando la idea de que estaba gorda. No lo estaba: simplemente, no era flaca. Teníamos amigos (chicos y chicas) más fondones, pero colgamos el sambenito sobre ella. Era como que encajaba, como que facilitaba las cosas. Se distorsionó nuestra percepción, comenzamos a observar solo aquellos rasgos que confirmaban la etiqueta; no reparábamos, por ejemplo, en sus tobillos huesudos. Los días en que nos llevábamos bien con ella y se creaba un clima amistoso y armónico, de pronto, adelgazaba.

 

Yo nunca insultaba ni me enfrentaba a nadie, no tanto por bondad como por miedo a no poder gestionarme en la temperatura del conflicto. Pero algo nos había hecho T. Algo que no recuerdo y por lo que en otra situación me habría callado. Sin embargo, había un consenso suficiente de rechazo hacia T. que acabó liberándome. Tiempo atrás, Florentino Fernández en el programa El Informal sacó un sketch versionando a The Police. La historia era la siguiente: un gordo criticando a su mujer por ponerse gorda. Puso de moda dos palabras: vacaburra y foca-monje. Aquel día, cuando bajó T. a la piscina y se lanzó al agua, empecé a cantar la canción. “Foca monje, vacaburra”. Ella no lo oyó, lo dije mientras permanecía sumergida. Todos nos reímos con saña. No lo oyó, pero se encontró con una mofa general que no sabía de dónde venía, unas carcajadas tóxicas que, encima, tenía que tratar de descifrar. Podía imaginarse cualquier cosa.

Con el tiempo, poco importan los motivos. La cuestión es que había una ofensa habilitada, aceptada, un arma de control que permitía eliminar matices, declarar a una persona non grata.  Habría que ver cómo habrían sido las cosas si no hubiéramos encontrado ese resquicio físico, es decir, si T. hubiera sido la guapa-indiscutible del lugar. A lo mejor las caídas de ojos policiales, las formas de chistar, las invenciones y cuchicheos nos habrían parecido chispazos de magia. Tal vez así, habríamos dedicado el verano a desear que inventara cosas sobre nosotros.

 

AUTOR

PonferradaHoy

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